miércoles, 22 de octubre de 2008

LA HIGUERA Y EL APOCALYPSIS


(Anticipo 1ª parte breve del Libro I de una simple novela juvenil y romántica. Posteriormente se hará una relación ficticia entre el Génesis y el Apocalypsis bíblico con personajes contemporáneos y totalmente comunes. El eje central continuará en el Libro II y será la revelación a Juana de Arco sobre la Flor de Lis, que sería en realidad el símbolo divino del ser humano: las dos piernas y brazos en los pétalos; el tronco o cuerpo; el apéndice hacia abajo representa los sexos masculino y femenino como fundamento de la reproducción natural de la especie; hacia arriba la cabeza y la inteligencia, que lo diferencia de las otras especies animales desde el momento en que Adán y Eva comieron el fruto del árbol del conocimiento (sería una higuera, con cuya hoja “cubrieron su desnudez”, y de la que existe una especie de gran tamaño en una zona de Egipto que denominan precisamente “La higuera de Adán”); al centro un cintillo que representa la cadera como soporte de la columna vertebral y que le permite estar parado y no arrastrarse como otros animales; y al medio del cintillo un círculo pequeño que representa al “pupo”, por donde se alimentaba a través del cordón umbilical durante la gestación y que es fuente de vida. El otro eje (con cierta relación con Juana de Arco) será el apocalipsis o revelación a San Juan durante su destierro en Patmos, Grecia, referido al inicio del rompimiento del Sexto Sello y al contenido numerológico del Apocalypsis, con hechos importantes que ocurrirían aproximadamente en los años 2013, 2020 y finalmente en 2040. Por último, el rompimiento del Séptimo Sello e inicio del principio de la vida eterna para los elegidos de las Siete Iglesias).   

 

LA HIGUERA Y EL APOCALYPSIS – Libro I

I

-Juan...

-¡Juan, despertá!

-¡Qué pasa! ¡Qué pasa...?

-Nada. Tenemos que irnos.

-Por qué. ¿Dónde estamos?

-En el departamento de Gusty. ¿Qué no te acordás?

-No. ¡Qué pasó?

-Y... Nada. Sólo que te has recibido de abogado. Que te hicimos la fiesta. Que tomaste todo de todo. Que hicimos el amor. Que nos dormimos...

-Melisa, disculpá. Me pasé con los tragos...

-No hay nada que disculpar. Aparte de tus vómitos...

-No te enojes. Vos sos mi galletita de miel.

-Pará que me relaja la miel... Me duele la cabeza. Tengo ganas de darme un baño y tirarme en mi cama. Acompañame a mi casa, por favor...

 

II

-Hola. ¿Melisa? ¡Sorpresa! Por el título mi viejo me paga vacaciones a Miami y después a España durante seis meses. Luego quiere que entre en un estudio jurídico-contable conocido de Buenos Aires. A vos sólo te falta la tesis y me podés acompañar. Nos vamos en setiembre. ¿Qué te parece?

-No sé. Mi papá está medio enfermo del corazón en Santiago de Chile. Parece que después del traslado del trabajo le dieron nuevas funciones y estaba casi inactivo. Imitó a los chilenos y comía mucha manteca. Tiene arterosclerosis y varios problemas cardíacos.

 

III

-Juan...

-¡Juan, despertá!

-¡Buenooo! ¡Está bien...! Ya se... Como despedida estamos en el departamento de Gusty y nos tenemos que ir. ¿Qué hora es?

-Las 9 del 11 de setiembre de 2001, fecha de tu viaje a Miami, con vuelo a las 18 horas desde Ezeiza, y escala en Río de Janeiro. Ahora tenés que retirar los últimos papeles de la agencia de viajes y terminar de acomodar las valijas.

-¡Sos mi azafata de miel!

-Terminala con la miel. Sabes que me relaja...

-Pero a mi me gusta pasarte la lengua por entero porque sos mi dulce Melisa. Hasta tu aliento tiene olorcito a azúcar...

-¡Callate que no te dejo viajar y te quedás conmigo. Y además te llevo a Chile y te presento a mi papá enfermo! Vamos para que desayunemos en un bar y pasemos por la agencia.

 

IV

-Mmmmhh... Aquí sirven las mejores medialunas, especialmente las que tienen pinceladas de miel, como mi dulce M... ¡Mirá el televisor Meli, se incendian varios pisos de un edificio! ¿Parece o es una de las Torres Gemelas?

-Sí. Pero los yanquis lo apagan en seguida. O aparece Superman y listo. Por favor, terminá ya con esas medialunas, que con sólo verlas me relajan.

 

V

-Buen díiiiiiiia. ¿Nadie trabaja en esta agencia por ver televisión?

-Hola Juan. ¿Cómo estás Melisa? Parece que se anuló tu viaje, Juan. Han atacado las Torres Gemelas con aviones y quedaron destruidas. Suspendieron todos los vuelos desde y hacia Estados Unidos. Un desastre total. Son incontables los muertos y hasta el momento nadie sabe qué ha pasado en realidad. ¡Mirá... Parece que hay otros ataques!! ¿Será una guerra?

 

VI

-¡Por favor, hijo, cuidate mucho! Acordate que por correo mandan virus y venenos que te pueden hacer algo a vos, que no tenés nada que ver. Todavía hay tiempo para que cambies y vayas a España...

-No te preocupés, ma. Siempre quise ir a Miami; y ahora más. Es por poco tiempo. No me va a pasar nada. Allá no pasa nada. Entiendo que estén preocupados. Yo también los quiero. A vos, a papá, a todos ustedes, que son mis mejores amigos. Y especialmente a mi hermosa y querida hermanita Flor...

-Si, claro. Recién te acordás que existo y que me querés, porque tu “dulce Melisa” tuvo que viajar a Chile y no está para despedirte.

-Pero vos sos mi única hermanita y te quiero más...

-¡Mentira! ¡No me toqués! ¡Yo no te quiero! ¡Ya no sos más mi hermano!

-¡No llores, Flor! ¡Te quiero mucho! ¡Mirá, después te espero y nos vamos juntos a Orlando y por distintos lugares para que conozcas! Dame un abrazo de oso y un beso de sopapa, como antes...

-¡Es que no quiero que te vayas! ¡Tengo mucho miedo de que te pase algo y voy a quedar sola en casa!

 

VII

Que increíble y extraña sensación. Completamente distinta a la de otros viajes. Con sólo levantar vuelo, era yo quien arrastraba al avión. Sentía fuerza, poder. Mi corazón bombeaba fuerte de la emoción. Sabía que entraba en la etapa más importante de mi vida. Percibía otro yo, distinto al de días atrás. Al punto que mi mente pretendía olvidar lo que fui antes. Al penetrar el cielo y las nubes absorbía el futuro. Todo iba a estar a mi disposición. Parecía como si con mis manos y mi propia voluntad pudiera manejar mi destino. Gozaba analizando que era joven, sano, con físico estilizado y de deportista por la natación que practicaba, buena pinta y gran “arrastre”; sin plata aún pero con un título al que pensaba sacar bien el “jugo”. Yo era el que volaba, y las nubes abajo parecían un colchón en el que podía saltar y rebotar las veces que quisiera. Ahora me restaba conocer algo de mundo, para después armar mi propio mundo, como yo disponga... (No podía imaginar entonces, que nunca más volvería a esta parte del mundo).

 

VIII

-Señores pasajeros, les habla el capitán Gabriel Zihel. Nos acercamos a una zona de turbulencia, por lo que ruego ajustarse los cinturones de seguridad…

-………………….

-Señor, ya puede abrir los ojos y soltarse el cinturón. No hay de qué preocuparse.

-Ah! Gracias señorita…

-Gabriela. ¿Quiere tomar agua o alguna bebida fuerte?

-No. Le agradezco… O sí, agua por favor. Voy a tomar una pastilla para el mareo que me dio mi madre.

 

IX

Caudalosos ríos de luces. Es lo que me parecían las autopistas durante la madrugada, antes de descender al aeropuerto de Miami. Me sorprendía la naturalidad y confianza con que me movía en un lugar totalmente extraño. Pensaba que un ejército de uniformados con armas de todo tipo nos iban a controlar. Pero no, estaba normal. El clima era muy cálido, extraordinario. En comienzos de octubre había dejado horas antes la primavera, y como por arte de magia entraba en el otoño. Ya me imaginaba disfrutando del mar y la arena, los tragos en las barras de los bares, mirando a las rubias y morochas espectaculares que aparecen en las series televisivas y películas. Y todas ellas acudiendo para mostrarme la ciudad y acompañarme. Esquivando balas y autos deportivos perseguidos por patrulleros, o lanchas que saltan por encima de puentes. Codeándome con los grandes actores y actrices cuando hacen sus recorridas de descanso, mientras me explican los argumentos de sus próximas películas. Por supuesto, tenía que ir a comer lasañas en el restaurante del Gordo Porcel…

 

X

Conocía mi agenda. En taxi debía ir hasta una confitería de productos argentinos en la “Pequeña Buenos Aires”. El cambio del dólar estaba uno a uno y resultaba fácil el control, pero aún así me parecieron elevadas las tarifas de traslado. Me encontraría con Fernando, antiguo compañero del secundario que viajó años antes con su padre, quien con algo de capital puso un negocio de autos y motos usadas con buen resultado. Lo encontré muy cambiado, demasiado “light”, sin el entusiasmo y la emoción que suponía un reencuentro de ex amigos. Me volvió a comentar que como su madre había fallecido el año anterior, su padre se juntó con otra mujer con sus propios hijos y quedaba poco espacio en el departamento. Por mi visita, dos días atrás discutió con la madrastra y él mismo tuvo que irse a vivir con su novia en un monoambiente o “estudio”. Me recomendó un hotel a 100 metros sobre la misma avenida Collins, gerenciado por argentinos y comparativamente económico. Aclaró que no me asuste si escuchaba comentarios sobre el asesino de Versace, que se alojó en el mismo hotel, lo que le dio fama y promoción. Me acompañó al lugar, quedó en hablarme al día siguiente, no lo hizo, y lo volví a ver pocas veces.

 

XI

Estaba en Miami. Pensaba disfrutar con o sin amigos. Había previsto practicar mi inglés avanzado, pero casi todos hablan “español”, como le dicen al castellano. Incluso por los medios de difusión en nuestro idioma pronuncian correctamente “miami” y no “maiami”.

Primero, a escuchar los consejos de la gente del hotel, de las mucamas, casi todas provincianas argentinas, las que tiempo después me confesaron que como ocurría con los porteños en todas partes, no me soportaban por aparentar soberbia y pedantería. Y algo que se extendió más que en la propia Argentina: las frases con “che”, “boludo”, y “che boludo”. Gente de todas las edades y países consideraban como una obligación, parte del protocolo o gesto de amistad el saludarnos así.

La recomendación más importante que me hicieron: que gestione urgente una cédula de identidad y la credencial de manejo de Florida, que sirve más que el pasaporte para cualquier trámite.

La oficina para conductores más cercana estaba en Sunny Island, adonde fui sólo para averiguar, al atardecer del día siguiente. Muy al estilo argentino, había una cola que parecía una gigantesca víbora, y recomendaron que me incorpore de inmediato.

Lo que me enteré a continuación me dejó duro: esa cola era de todos los días, crecía con el paso de las horas ¡y no se movía hasta las 7 horas del día siguiente, cuando comenzaban a atender, pudiendo llegar mi turno en las primeras horas de la tarde! Eso explicaba la cantidad de bancos, sillas y reposeras que tenía la gente para pasar toda la noche y tantas horas del día en el lugar. Todo porque ya circulaba la versión que iban a restringir o negar la credencial a los extranjeros, luego del ataque del 11 de setiembre.

¡Y faltaba más! Durante la noche debía estudiar un manual con todas las normas y señales de tránsito, para rendir al día siguiente con un sistema computarizado. Si llegaba a aprobar otorgaban una credencial limitada y provisoria, y cuando estuviera en condiciones debía hacer cola nuevamente y conseguir turno al día siguiente para la prueba de manejo. Eso sí; como tantos otros, no tenía vehículo propio, y podía acudir a “empresarios” legalmente inscriptos que alquilaban en el lugar sus autos en condiciones para poder rendir.

La credencial plástica con foto, datos y banda de seguridad la confeccionan y entregan al instante, y vence el día del cumpleaños (qué regalo frustrante). Piden que sonrían para la foto: ¿será para hacerle “carita simpática” al policía cuando uno comete una infracción, como pidiendo perdón?

 

XII

Lo que podría considerarse tortura de algunos días, me pareció una aventura interesante. Tenía que acudir a un supermercado al frente de la oficina de credenciales para desayunar, almorzar, merendar, cenar y otros “ar”.

¡Cuándo no, una mujer argentina con dos lindas hijas se turnaban para atender un pequeño local interno, donde preparaban los mejores sándwiches de miga, café yanqui lavado, cubano o tipo argentino, tartas y postres exquisitos! Dejando reserva de mi lugar en las colas, mataba las horas conversando sobre el marido que quedó trabajando en Buenos Aires, las hijas que estudiaban y trabajaban, Zulemita Menem que era cliente habitual de ese súper, y de otros personajes y costumbres.

Siempre que veía a Menem por televisión se me revolvía el estómago, y la hija me resultaba grotesca. Pero dos veces que me crucé allí con Zulemita me sorprendieron la altura no heredada del padre, la elegancia, atributos físicos y belleza especial que tenía.

 

XIII

Me causaba risa mi propia sonrisa en el carnet de manejo. Debía darle buen uso, y nada mejor que alquilar un auto. Extrañaba a Melisa, su dulzura pese a su fuerte carácter, el sexo frenético y el orgasmo coincidente, tras lo cual venía un rélax placentero para montar de nuevo en varias y suaves crestas de olas. Hacía de cuenta que la tenía a mi lado en el auto mientras la acariciaba o teníamos sexo oral. La hablé y me comentó que el padre había sido operado, y seguía internado en terapia porque faltaba otra intervención quirúrgica.

Disfrutaba mis paseos por las avenidas y puentes, con los transatlánticos por un lado y las isletas con mansiones de artistas, personajes y multimillonarios por otro. El agua es totalmente cristalina y se pueden ver los distintos ejemplares marinos, los que dan la sensación de poder tocarlos.

Un día paré a almorzar en un pequeño bar y restaurante a un costado del Miami Herald, en un club náutico, y observé un espectáculo que me deslumbró e hipnotizó: en un gran espacio entre lanchas amarradas, comenzó a “hervir” el agua de a poco. De inmediato era un volcán marino que entraba en erupción, con mezcla de peces y agua en movimiento que se elevaban sobre la superficie cada vez más y en mayor diámetro, hasta transformarse en un “hongo atómico danzante”. Aún hoy no me explico –y nadie me explicó- de qué se trataba. Quizás un ritual reproductivo de criaturas marinas, competitivo, destructivo u otra actividad de la extraña naturaleza.

En medio del cemento también está la naturaleza viva. De no creer. En plena city bancaria, con entidades de todo el mundo sobre la avenida Britches y acceso a una autopista, tuve que frenar mi marcha para dar paso ¡nada menos que a una comadreja! Bicho horripilante y hediondo, que había visto una sola vez en mi vida, ¡me parecía hasta simpático!

 

XIV

El tema del sexo ya me estaba apretando. Antes de salir de Buenos Aires, todos mis amigos me cargaban con que iba a montar una industria láctea en Miami. Pero resultó al revés, y ya estaba afectado de exceso espermático. Es que el dueño del hotel, con buen criterio me explicó que tenía libertad sexual, pero ¡ojo! con el libertinaje o meterse en cualquier agujero, porque podía quedar pegado al Sida, por más preservativo que usara. Durante el día y también a la noche, así como salen los murciélagos, surgen las vampiresas que te chupan los dólares, la sangre, el pene y hasta la vida. Estaba aterrorizado con esa posibilidad y buscaba la autosatisfacción, mientras pensaba en Melisa. Era el caso del “esperma urgente”, como decía Joaquín Sabina en su canción.

En la playa, varias parecían modelos, y cuando iniciaba la ronda de sondeo descubría que no eran yanquis, casi todas hablaban español y en su mayoría el “porteño”. Al poco tiempo aparecía un “amigo” que les recomendaba buscar otro “punto” un poco mayor pero con mejores “perspectivas”. También abundan los gays y otros. Pero nunca pueden compararse con una mujer. No es puramente sexo o descargarse con cualquiera, sino una cuestión de piel, o de la delicada “sensibilidad, sexualidad y sensualidad femenina” que uno siempre busca. En fin, no andaba de buenas.

 

XV

La “Pequeña Habana” es un lugar común y al mismo tiempo especial. La famosa Calle 8 tiene poco de extraordinaria, pero resume la forma de vida de los exiliados cubanos. Estacioné en una cuadra cuando vi anuncios de filmes en un cine, el único que proyectaba con subtítulos en español. Por curiosidad y para sentirme como en casa, programé entonces un fin de semana de película.

En un bar probé también el pequeñísimo café cubano, extremadamente dulce y fuerte, con el desatino de pedir luego el “desayuno americano”. Me sirvieron una taza de café con leche, un inmenso trozo de pan calentado en una especie de tostadora con manteca en el medio, un revuelto de huevos con tocino y una gran porción de papas fritas. ¡Ah, y encima me acercaron azúcar, sal, ketchup y mostaza, por si quería agregar! Me quedé un buen rato mirando todo, porque no sabía qué hacer. Recordé las medialunas “con pinceladas de miel” a las que estaba acostumbrado. Pagué y me fui solamente con el fuerte sabor del “cortito” cubano en la boca.

Salgo del estacionamiento y piso el acelerador cuando casi me aplasta la desgracia. Un viejo ciego surgió de la nada por delante del auto, y no me explico cómo logré esquivarlo. Apenas rocé su bastón y frené de inmediato, tratando de calmarme del susto. Una mujer que vio todo insultó al hombre, aparentemente acostumbrada a sus imprudencias.

-¡Oye chico, sigue tranquilo con tu carro. Este viejo loco vive salvándose de que lo maten, no sé hasta cuándo!

Muy despacio reanudé la marcha. Por el espejo retrovisor me sorprendió ver al viejo ciego parado en medio de la calle, ¡como mirándome mientras extendía su mano hacia adelante, en un gesto desesperado de querer alcanzarme! Volví al hotel y me acosté a ver televisión, suspendiendo toda mi agenda de actividades.

 

XVI

Al mediodía, el estómago me hizo pensar que podía haber comido algunas de las papas fritas del “desayuno”, o probar un poco del revuelto de huevos y mordisquear el crocante pan con manteca. Mientras me levantaba para comprar una hamburguesa en una Mac de la esquina, tomé la decisión de entregar el auto para evitar futuros problemas y dedicarme a conocer los recorridos de los buses y trenes, que según me dijeron están muy bien organizados, con guías y horarios al minuto.

Las Mac en el lugar de origen son mucho mejor que las nuestras, y las de pollo y pescado se pasan. Aunque decidí comprar una Burger en la cuadra siguiente, porque tienen las papas más crocantes y sabrosas; y con ketchup quedan espectaculares.

Al estilo consumista norteamericano atendía mi estómago en el pequeño bar del hotel, con la clásica Coca. En ese momento se retiraba rumbo al aeropuerto un matrimonio puertorriqueño, con una hija de mediana edad, que había llegado días antes. La mujer, de unos 30 años, muy atractiva y de buena figura, me provocaba con su saludo, la mirada y los gestos siempre que nos cruzábamos, y me hacía elevar la presión.

Al parecer gozaba de excelente “apetito”, porque cuando vio que abría la boca para morder la hamburguesa, me clavó su mirada en los ojos y comenzó a pasar su lengua por los labios. Al instante parecía que estaba masticando brasas, porque sentí un calor intenso que me bajaba al estómago y de inmediato al sexo, que creció formando una incómoda carpa. Dejé la comida y traté de apagar el fuego con la gaseosa, pero ya estaba inflamado de deseo. Deseo y bronca creciente, porque ya se iban. La maldecía, la reputiaba por esa provocación inútil y frustrante. Cuando desaparecieron quedé enrojecido, con presión en el sexo y dolor en los testículos. Otra vez la comida a medias. Sólo podía masticar mi decepción. Pedí agua mineral grande y abundante hielo.

 

XVII

Por curiosidad me puse a leer el Miami Herald y su versión en español, el Nuevo Herald, junto a otras revistas del hotel. Un aviso me interesó: “Curso de Paralegal”, decía. Era en una oficina de la avenida Washington, de un abogado dedicado a trámites de inmigración. “A la tarde devuelvo el auto, me inscribo en el curso y aprendo algo de las leyes de Estados Unidos, que me podrían servir para una futura oficina que podía instalar, con intercambio de servicios legales y comerciales”, pensaba.

En ese momento volvía la combi del hotel con la que hacían traslados al aeropuerto, y en la que se había ido una hora antes el matrimonio puertorriqueño. Quedé con la boca abierta. Después del chofer ¡bajó sólo la mujer, solita!

No podía creerlo. ¿Qué habrá pasado? Ahora era el corazón el que bombeaba enloquecido sin que nadie se lo ordene.

Era a la siesta. No había nadie. Entró. Se me acercó…

-Aló. Casi no tocaste la hamburguesa y yo la vi deliciosa. ¿Quieres que te la caliente en el microondas de mi habitación? No te preocupes que tengo que quedarme sola dos días para completar unos trámites de negocios y familiares. También tengo champaña. ¿O no te gusta?

-Si. Si. Si me gusta…

-Ven, que parece que te quedaste con hambre…

-Si. Si. Voy…

Me quedé dos días más con el auto, sin utilizarlo.

Nos turnábamos medio día en la habitación de ella, con vino blanco y champaña; y el otro en la mía, con Gato Negro, un agradable vino tinto chileno que conseguía a muy buen precio. El resto del tiempo yo dormía y ella salía para hacer los trámites.

Resultó fabuloso. Fue lo mejor para descargar el estrés que se acumula cuando uno está en lugar desconocido. Al marcharse me dejó sus datos particulares y de la empresa familiar, y me invitó a visitarla con todo pago para incorporarme profesionalmente, por si me interesaba. ¡Toda una mujer de negocios!

 

XVIII

¡Por fin pude devolver el auto! No quería complicar mis vacaciones con accidentes, infracciones u otros problemas. Compré varias guías de los transportes, un mapa muy ilustrativo, y busqué la dirección de la oficina del abogado donde dictaban el curso de Paralegal, que imaginaba como una gestoría o algo cercano a la Procuración nuestra. Por las películas conocía la tarea de los paramédicos, que para nosotros sería enfermería; pero esos cursos resultaron ser para empleados de oficinas legales.

A cargo de esa oficina, ya que el abogado tenía otras en distintos lugares de Florida, estaba una argentina, tucumana, que me atendió amablemente. Me presentó a un cordobés, de mi edad, encargado de trámites; a un periodista tucumano, ya grande, responsable de marketing; a un mendocino que hacía diseño y diagramación de una revista, con el mismo apellido de un humorista nuestro de los grandes. El resto eran chicas de distintos países que hacían las tareas como estudiantes o pasantes. Recibí los folletos informativos y me comprometí a volver para inscribirme en el curso, que comenzaba la siguiente semana.

Aproveché para hablar a Melisa. No atendía el teléfono. Al insistir me contestó un varón. Le dije quien era, y lo noté incómodo en su voz. Me explicó que Melisa no podía atenderme porque horas antes operaron nuevamente al padre y murió.

Realmente me oprimió el dolor, por Melisa, quien debía sentirse sola y desamparada. Siguió muy interesado en explicarme, sin que le pregunte, que era un asistente del padre de “Meli” en la empresa. “¿Por qué usaba ese diminutivo, que es de mi exclusividad?”, pensé. También que tuvo que acompañarla en todos esos momentos “para que no se sienta sola y desamparada”.

Un puñal de hielo en el cerebro y un reloj con su alarma a pleno. Presentí que se me había pasado la hora. Corté diciéndole que hablaría después.

Al poco tiempo me llamó Gustavo desde Buenos Aires, para darme la noticia sobre el padre de Melisa. Le conté la conversación con el “asistente”.

-Decime la verdad, Gusty. ¿Quién carajo es?

-Mirá… Realmente es un asistente del padre, que se interesó mucho en acompañar a Melisa, y en seguida se interesaron los dos. Me lo contó ella justamente ayer, en confianza, y me pidió consejo de cómo avisarte a vos. Me dijo que te quiere mucho y te extrañaba, pero con lo de él fue un flechazo mutuo. Incluso tiene previsto volver en marzo para presentar la tesis y regresa a Chile con él. Lo siento por vos, si es que tenías alguna expectativa con ella.

Furia. Despecho. Bronca. Ganas de exprimir los buenos recuerdos, hacerlos trizas y pisotearlos. En ese momento tenía ganas de iniciar una guerra mundial y pelear a muerte…

Y lo sorprendente… Al instante me sentí como en un tobogán en el que caía a unas aguas calmas, pacíficas. Me la imaginé a Melisa feliz. Despojado de egoísmo y celos, también me sentí feliz, por ella. Decidí hablar luego, darle mi pesar por su padre y decirle que, sinceramente, le deseo lo mejor del mundo.

“Mi dulce Melisa”. Recordé su aliento a azúcar. ¡Pero en la lengua y toda la boca me quedó un sabor agrio, y por ratos, amargo!

 

XIX

-¿Cómo estás vos, Gusty?

-Mal. Nos peleamos con Valeria. Es que ella no llegó a cortar del todo con Fabián. Estoy loco por ella, le pedí que nos casemos, y me dijo que me quiere mucho pero no me ama. Es sincera pero me hace remierda. Vos sabes que tengo un departamento grande, otras propiedades heredadas y un buen laburo, pero a ella no le interesa. No sé qué hacer. Me preocupaba incluso cómo decirte lo de Melisa, por la experiencia mía. Estoy hecho una bosta, física y mentalmente. Creo que voy a ir a un psicólogo.

-Vos sos mi amigo del alma. Calmate. Recapacitá. No vayas a un psicólogo, en todo caso puedes ver a un médico psiquiatra. Te dijo de frente que no te ama y ha hecho bien. Yo me sentí mal pero estoy bien. Las mujeres son un mal necesario. Nos dañan pero las buscamos. ¡Calculá lo que pensarán y dirán ellas de nosotros! Pero así es la vida. Olvidate de ella. Salí y buscá otra. Cuando más te vienes abajo, menos vales para ellas y más se justifican de haberte dejado. Que haga su vida con quien quiera y vos buscá nuevos rumbos, que van a ser mejores porque estarás más templado.

-No se, Juan. No es tan fácil.

-Ya te hablo yo más seguido. Reunite con el grupo de amigos para distraerte. No te caigas, que a mi también me duele tu golpe. Un gran abrazo.

 

XX

Fue el día de las comunicaciones y las grandes noticias. Hablé a mi madre, aprovechando que me costaba menos de un 20 por ciento del valor que tienen las llamadas en la Argentina, lo que da la pauta de los montos millonarios que recaudaban y se llevaban del país las empresas de comunicaciones.

Ella estaba bien. Le conté lo de Melisa y del fallecimiento de su padre. Escuché pacientemente sus consejos y recomendaciones para los “males de amor”. Flor seguía preocupada por mí, y todos los días al volver del colegio preguntaba si había llamado y qué comentarios hacía. Y como de pasada, que papá estaba preocupado por las versiones que comenzaron a circular en la empresa donde trabajaba, en la que desempeñaba una función importante y tenía muy buenos ingresos. Es una multinacional de inversiones que llegó en la época de Martínez de Hoz, y que algunos las llaman “fondos buitres”, porque generalmente traen muchos “espejitos”, rapiñan lo que encuentran en países emergentes, pagan grandes “comisiones” a los funcionarios, políticos y gremialistas corruptos y traidores, y se van.

Pero nosotros la considerábamos seria porque duró mucho tiempo y se afianzó más –en realidad “rapiñaban” mucho más- durante el gobierno de Menem y la gestión económica de Cavallo. Era cuando “formábamos parte de los países del primer mundo”, porque regalamos y rematamos el nuestro; y también manteníamos “relaciones carnales” con ellos, aunque siempre de modo pasivo y en todas las posiciones del Kamasutra.

La cuestión es que por la gran crisis económica, la creciente deuda externa e interna y el gobierno debilitado de De la Rúa, muchas firmas extranjeras comenzaron a retirarse y a llevarse los dólares. Eran los grandes temas de debate en la Facultad, donde yo participaba activamente por mi creciente interés en las Ciencias Sociales.

Pero en ese momento no me preocupé demasiado; estaba de vacaciones y quería disfrutarlas.

Al despedirme de mi madre me comprometí en llamar al día siguiente, cuando estuvieran Flor y papá, para saludarlos.

 

XXI

El viernes a la noche me dediqué a recorrer la calle Lincoln, uno de los ejes de la actividad gastronómica y de los paseos de compras de última hora. Luego de una picada con cerveza, me fui a recorrer los bares y pub de South Beach. Todo es pura diversión, música, ritmo, color, tragos y más… ¿Posibilidades de conseguir algo?: por mil, en bandeja. Pero no quería correr riesgos.

Volví con las primeras luces del día, dormí hasta las tres de la tarde, comí un sándwich que tenía en el refrigerador de la habitación, cargué la ropa sucia y las fichas para una máquina del lavadero del hotel, y luego de atravesar la puerta trasera del mismo edificio me instalé en las arenas de la extensa playa de Miami.

Al atardecer fui al cine, en la calle 8 de la Pequeña Habana, con la idea de completar la noche del sábado en Ocean Drive. Este es otro de los grandes centros de entretenimiento, compras y gastronomía, y de donde parten distintas embarcaciones para conocer por vía marítima las mansiones de artistas y personajes del espectáculo, entre otros.

Más que disfrutar de la película, con mucha acción y despliegue de sofisticados armamentos, vehículos y equipos tecnológicos, además del “heroísmo y sacrificio” de militares, espías y policías norteamericanos, me entretuve observando la reacción de algunos espectadores. Especialmente las mujeres latinas y los chicos, insultaban y gritaban cuando comenzaban ganando los “malos”, y aplaudían y saltaban cuando triunfaban los “buenos”.

Era uno de los efectos de la avanzada y sistemática propaganda yanqui, ya advertida por Noam Chomski en una nota periodística sobre la propaganda en Estados Unidos, y recreada en diversos trabajos y documentales, como los de Michel Moore. El clásico enfrentamiento de alemanes y aliados, indios y cowboys, comunistas y anticomunistas, pasando por marcianos y terráqueos, demonios y santos, entre otros. Por supuesto, los que ganan son los que tienen realmente el poder, y pueden hacer lo que quieran a su real antojo.

También ocurren discusiones entre los propios cubanos en Miami, como la que presencié en un colectivo. Es según cómo extrañan a su país de origen, o el grado de satisfacción por residir allí. Mientras una mujer agradecía la libertad, la comodidad, el trabajo, los bienes de consumo y todos los beneficios proporcionados por EEUU; un hombre le expresaba que todo eso no supera a la satisfacción de vivir en la “propia casa” que lo vio nacer, así sea humilde, y que por circunstancias fortuitas y diferencias de ideas tuvo que abandonar. E incluso sostuvo que el propio gobierno de EEUU, de modo encubierto, siempre apoyó política y económicamente al régimen de Castro, para tener alguien con quien diferenciarse interna y externamente como el bueno y generoso, ante el malo o demoníaco.

 

XXII

Salí antes de medianoche del cine con la idea de tomar un taxi hasta Ocean Drive. Sobre el borde de la vereda, esperando que alguien lo hiciera cruzar, nada más y nada menos que el viejo ciego que casi atropello días atrás.

Me acerco para ayudarlo, y al intentar sostenerlo del brazo, me sorprendió tomándome fuerte de la mano.

-¿Juan…?

-¡¡¡¡¡¡¡?????

-¡Juan. Finalmente te encontré!

-¡Cómo sabe mi nombre? ¿No es ciego? ¿Por qué engaña a la gente?

-Soy ciego, hijo. Pero te veo y conozco sin mirar, por tu energía especial y lo que percibo de tus manos. Te esperé toda mi vida sólo para darte un mensaje.

-¡Suélteme… Se está confundiendo… No soy de aquí… Yo no lo conozco… Disculpe pero me tengo que ir..!

-Espera. Tienes todo el tiempo del mundo, pero el mío termina ahora. Por favor, escucha…

-¿?...

-Debes buscar la higuera. Dentro de poco, aunque sufras y pases por situaciones duras. Después que encuentres la higuera y pruebes su fruto, que no es prohibido, conocerás más de ti, de los demás y de las cosas. Y lo oculto será revelado; lo ocultado será descubierto; y comenzará a romper el sexto sello. Tú y muchos más no deben temer a la gran revelación o Apocalypsis. Te dejo mi bendición, Juan…

 

XXIII

Otro de los viejos locos que existen en todas partes, pensé mientras viajaba en el taxi. Me confundió con otra persona. Qué casualidad lo del nombre, aunque resulta común.

Y fui rememorando las frases que dijo. ¿Que busque la higuera? ¿Dónde? ¿Será allí, en España, o cuando regrese a la Argentina? ¿Qué tiene de especial una higuera y su fruto?

A partir de ahora, por si acaso, no pienso probar los higos. Y me acordé de una frase en latín, como si fuera a conjurar una maldición: “Vade retro, Satanás”. Para los higos y cualquier cosa extraña.

¿Qué será lo oculto? Quizás mis pecados sexuales. Tendré que ir a confesar y comulgar, aunque nunca lo hice después de mi primera comunión. Pero así descargaré mis culpas con algunos rezos.

Lo que no entiendo es la rotura del sexto sello. ¿Será alguno por mi profesión? ¿Sello oficial, judicial, particular?

Y que no tenga miedo al Apocalypsis. Bueno, sé que es de la Biblia y nunca se me ocurrió leer, pese a las películas como “Los 4 jinetes del Apocalipsis”, y tantas menciones que se hacen.

Justo llegaba a destino cuando me comprometí a conseguir una Biblia, o leer esa parte en algún sitio de Internet.

 

XXIV

Realmente disfruté con mi recorrida por Ocean Drive. Gran cantidad de gente de todas las edades. En la parte central montaron una especie de escenario, y varios conjuntos e intérpretes latinos le dieron ritmo a la noche.

Me dediqué a devolver la mirada, con guiños incluidos, a las veteranas que se movían al compás de la música, ya que las de mi edad estaban todas acompañadas.

Comencé a entonarme con cerveza Corona con limón, y luego hice una picada de camarones a la sartén con una salsa especial. Espectacular. No podía faltar la recorrida en una embarcación por la zona de los famosos, para luego volver al hotel y desmayarme en la cama.

 

XXV

Quizás dormí profundamente o no estaba tan cansado, porque al mediodía del domingo desperté y no podía seguir en la cama.

Tomé un baño, preparé con el microondas un café instantáneo y me fui a la zona de la calle Lincoln con la idea de buscar algún lugar para almorzar milanesa, bife o algo con carne de vaca, que ya extrañaba. Casi todo lo que comía era pollo, cerdo, hamburguesas, arroz, frijoles, papas fritas o puré, y la popular pizza, de las que probé algunas muy buenas.

Alrededor de las 3 de la tarde comencé a caminar por la avenida Washington, un poco desilusionado, porque recién entonces se me ocurrió preguntar y me enteré que existían muchísimos restaurantes argentinos, pero muy dispersos, y varios cerca del hotel donde yo estaba.

Decidí entrar en uno italiano, muy atractivo por fuera e imponente por dentro, con colores en los que predominaban el negro y rojo, e iluminación evidentemente colocada por profesionales, que destacaba el buen gusto en la decoración hasta en sus mínimos detalles.

En la puerta, un maitre elegantemente vestido con traje de corte europeo, todo de negro, preguntó en inglés qué idioma hablaba, me condujo hasta una mesa y llamó a una de las jóvenes “mozas” para que me atienda.

Me impactó. Delgada, estilizada, de mi altura, piel blanca y cabello renegrido, con simpatía y belleza especial.

Vestía un amplio gorro chato y gran moño en el cuello de varios pliegues, ambos negros, que le daban un toque como al estilo de los pintores italianos de otras épocas; camisa roja borravino; pantalón negro y un delantal del mismo color que le cubría desde los pechos hasta la cintura, y se extendía hacia los costados de las piernas hasta casi llegarle a los pies. Quedé mirándola deslumbrado y me saludó con una pícara sonrisa, para luego ofrecerme el menú y las recomendaciones del día.

Se llamaba Rocío, dijo que tenía 21 años, colombiana, quien al final de un buen plato de pastas que me sirvió, aceptó que la esperara hasta terminar su jornada de trabajo, para invitarla a tomar un helado. La propina es obligatoria, entre 10 y 15 por ciento, y le dejé un 20, para luego aguardar en un bar.

 

XXVI

Al reencontrarla, me dijo recién entonces que el helado no le gustaba mucho. Además, el restaurante tenía un proveedor del producto, tipo artesanal italiano, excelente. Por lo tanto me invitó a su departamento.

Era relativamente cerca, de dos habitaciones, que compartía con una amiga venezolana, quien trabajaba en una empresa de telecomunicaciones y tuvo que viajar por unos días a México.

Tomamos un refresco con algo de alcohol, pidió que espere para darse un baño, volvió con una bata semitransparente y gotas que aún le corrían por el cuello, preparó otro trago, brindamos por cualquier cosa, y lentamente comenzamos a besarnos.

Me dio cátedra de relación sexual. Como le gusta a la mayoría de las mujeres, dijo.

Empezó a explorar y descubrir mis zonas más sensibles, quedándose a disfrutar y hacerme disfrutar por un buen tiempo en cada una.

Luego pidió que haga lo mismo con ella. Como buen alumno, conocí entonces la diversidad y graduación de los placeres sensuales, sin penetración, salvo de mi lengua en sus cavidades.

Comenzó a mojarse entera y a tener breves convulsiones orgásmicas, mientras yo estaba a punto de explotar. En cierto momento me inició sexo oral hasta que reventé en su boca, con la sensación de que vacié mi cerebro, porque quedé con la mente en blanco y una laxitud total del cuerpo.

Sin darnos cuenta, por cansancio o relajamiento, dormimos algunas horas.

Al despertar nos entró la desesperación por reanudar el juego pero con penetración, logrando ella varios orgasmos antes de llegar al mío.

Como trabajaba media jornada pidió que me quede hasta el día siguiente. A la noche salimos a tomar unos tragos, y conversamos e intercambiamos datos de cada uno.

Le comenté de mi profesión y mi familia en la Argentina, mi estadía en el hotel, las vacaciones que continuarían en España, el curso de paralegal y la idea de instalar una oficina allí, en el futuro, para brindar servicios internacionales en conexión con colegas yanquis.

 

XXVII

Volvimos al departamento, seguimos experimentando sexualmente, y después que nos relajamos me sorprendió con una propuesta: que deje el hotel, fuera a vivir con ella y ayude con el alquiler (por lo general oscilaban, según la ubicación, entre 700 y 2.500 dólares), y que me presentaría al manager para desempeñarme media jornada en el restaurante, con muy buenos ingresos, hasta que tuviera que continuar mi viaje.

Me explicó que siempre necesitan personas de ambos sexos, jóvenes, muy buena presencia, del tipo latino, y que dominen dos o más idiomas para atender a los y las clientes, muchos de edad avanzada que se “ratonean” un poco y dejan buenas propinas.

No me acuerdo si alcancé a pensarlo dos veces. Pero al día siguiente la acompañé al trabajo, hablé con el manager, me dijo que necesitaban un maitre que domine muy bien el español e inglés para el turno noche, pero que debería comenzar por un tiempo con tareas simples y atendiendo las mesas, para conocer el movimiento interno.

Tenía que volver al día siguiente para probarme el uniforme, y si tenía buen desempeño me conseguirían provisoriamente algunos papeles de inmigración, pues había ingresado como turista.

Al despedirme de Rocío acordamos que me esperaría a media tarde en el departamento, para el traslado de mis cosas desde el hotel.

¡Así de simple y rápido!

 

XXVIII

Con mi equipaje en el vestíbulo del hotel aguardaba un taxi, cuando sentí que desde atrás me tironeaban las orejas. Era la puertorriqueña, quien había regresado sola para “completar algunos trámites”, e invitarme a volver con ella y continuar mis vacaciones con todo pago cerca de su empresa, hasta que pudiera integrarme en alguna función.

Se mostró molesta e indignada al enterarse de mi decisión. Trató de convencerme de cambiar de idea, comparando las ventajas que ella me ofrecía. Rogó y luego exigió que me quedara, acostumbrada a su voz de mando empresarial.

El taxista hizo sonar la bocina que marcó el final de esa escena tan sorpresiva como inesperada. Durante el viaje pensaba que si no se hubiera cruzado Rocío en mi camino, quizás hubiera aceptado el desafío de ir a Puerto Rico.

 

XXIX

 

2 comentarios:

SUSANA VERA - CRUZ dijo...

Gracias Editor, por tan amables palabras y comentario , dejados hacia mis escritos en Agualuna.

Yo sòlo escribo, lo que vivo y lo que siento, no soy escritora, ni con estudios en Literatura, sin embargo trato de escribir con el alma.

Ya regresarè con màs tiempo a leerte amigo, pues creo que merece su tiempo de lectura.Cada uno de tus posts.

Un abrazo fraterno desde Chile Editor.

Susana-Agualuna

©Claudia Isabel dijo...

Quedé absolutamente atrapada en la historia. Interesante, directa, muy bien relatada...Un placer!
Voy a linkearte y espero ansiosa la continuación!!!
Un abrazo