domingo, 12 de octubre de 2008

LATIDO PROFUNDO


Relato breve

 

Como todas las mañanas, el lustrín preparó sus cosas e inició la rutinaria caminata a la zona de la terminal de ómnibus. Sentía un poco de frío en sus descalcificados huesos. Es que sus casi 80 años se hacían sentir. Y tenía que cruzar desde la banda del río, atravesar el parque y comenzar a buscar sus primeros clientes. Aunque su cuerpo era chico y consumido por las necesidades, se sentía sano y con algo de fuerzas para seguir “apechugándole” a la vida. Se había quedado solo, sin familia, pero conservaba un terrenito fiscal en la costanera del río, donde levantó su rancho de madera con chapas de cartón.

II

El joven despertó y se asomó a una ventana de la casa de sus padres, para ver cómo estaba el tiempo antes de marchar al mercado, donde hacía algunas “changas”. Vio al vecino que preparaba mate cocido en una lata de duraznos, sobre un calentador a querosene. “Viejo de mierda” pensó, “sólo en semejante terreno, con lo bien que me vendría para levantar mi casa, ahora que me voy a casar”. Y su pensamiento voló a su novia, enfermera practicante en un hospital neuropsiquiátrico, a quien veía orgullosa con su blanco delantal cuando pasaba a buscarla.

III

Como a las tres de la madrugada comenzaron a escucharse los gritos: “Fuego. Llamen a los bomberos. Se quema el rancho del viejo lustrador...”.

A la mañana llegaron los bomberos, para la inspección. En un costado de lo que era el rancho, aún humeaban restos de lo que fue una cama. En el espeso ambiente se percibía olor a querosene mezclado con el de caucho quemado. El lustrín había armado su cama apilando unas seis viejas cubiertas de camioneta, encima una maltrecha parrilla de alambres y un colchón de estopa.

Sólo quedaron cenizas. Del viejo lustrín no aparecía nada. O no estaba, o su frágil cuerpo desapareció consumido por el intenso fuego.

IV

Después que se fueron los bomberos, el joven vecino se acercó al lugar, un poco temeroso pero luego decidido. En el aire todavía se sentía olor a querosene mezclado con el de caucho quemado. Con el permiso encubierto del guardia, con un palo comenzó a revolver los restos de lo que fue la cama del viejo lustrín. Las cenizas de un pequeño bulto calcinado se corrieron. Lo vio. ¿O lo sintió? Los latidos, ¿se ven o se sienten? ¿Estaba imaginando cosas? Quedó como hipnotizado mirando y sintiendo el corazón que latía...

V

Su novia lo hizo volver en sí. Llegó preocupada al enterarse del incendio, aún con su blanco delantal de enfermera. “Mi amor, ¿qué pasó con el viejo? ¿Se fue? Capaz que ahora podamos levantar aquí nuestra casa...”

VI

El joven se sentía totalmente relajado en el jardín, como drogado por el calorcito del sol. Estaba tranquilo. Se había casado. Había levantado su casa. Vio que se acercaba su esposa con su blanco delantal de enfermera, para pedirle que fuera a almorzar.

Lo único que le molestaba eran las pesadillas que tenía siempre a las tres de la madrugada. Esos latidos, que hacían que se despierte y cause alboroto en todo el neuropsiquiátrico...