sábado, 11 de octubre de 2008

NECROPOLIS DE ALMAS


Relato ficción (¿o de la realidad?)

Publicado en una antología literaria junto a otros autores.




La jornada resultó demasiado dura. Todo fue negativo.

Discutí fuerte con el jefe en la oficina; no quisieron pagarme horas extras ni bonificación; mi mujer me habló para decirme que se iba a la casa de la madre y se llevaba a los chicos porque estaba harta de mí porque no alcanzaba la plata que ganaba y porque la había decepcionado con mis promesas y porque la amiga muy querida se había ido a Europa con su esposo empresario y ella no salía ni a la esquina y porque hacía rato que de sexo no pasaba nada y porque...

Anochecía; y mientras viajaba en el último asiento del colectivo de vuelta a casa, cerré los ojos para descansar un poco de la presión que sentía.

II

Después que bajo del colectivo descubro que estaba frente al cementerio. Bueno, me digo. Camino rápido las pocas cuadras que faltan para mi casa y ya está...

Pero noto que en el lugar había un extraño movimiento. Los mausoleos estaban iluminados y en cada uno había gente.

Sigo caminando más despacio por curiosidad y veo que en uno de ellos, varias personas insultaban a otra e intentaban agredirla.


Hacia atrás, el sereno atrapaba a ladrones de unas gallinas que picoteaban en el lugar, y luego de golpearlos los encerraba en un sótano.

En otro había personas con trajes y guantes blancos que metían en una bolsa las cruces, placas recordatorias y figuras religiosas de bronce, además de floreros y otros objetos de valor, incluidos los que les habían dejado a los cadáveres dentro del cajón. Reconocí a esa gente y tenían el mismo apellido que figuraba grande en el frente del mausoleo.

Al costado de este varios vagabundos –ancianos, mujeres y niños- estaban como abandonados en el suelo, algunos muertos por el hambre y el frío.

En una especie de sotanito, un sepulturero iniciaba la necropsia de varios niños desnutridos, apilados unos encima de otros en diversas filas. Todos tenían la piel pegada a los huesos y los vientres hinchados, de donde saltaban bolsas de gusanos apenas los tocaban con el bisturí. Las autoridades del cementerio informaron que habían muerto por culpa del abandono de sus padres, los que antes que ellos fallecieron por el hambre y el olvido.

En otro lugar, un sujeto que parecía totalmente desquiciado aprisionaba con sus manos el cuello de una mujer, y luego de soltarla, con una barra de hierro comenzaba a golpearle la cabeza hasta dejársela convertida en una masa deforme y sanguinolenta. Aunque tarde, apareció un policía que le quitó la barra y le destrozó a su vez la cabeza, mientras destacaba su autoridad y sentido práctico de la justicia: “El que con hierro mata con hierro muere”.

III

Me esforcé para salir de la pesadilla. Pero no; no estaba soñando. Me pellizqué y me toqué los párpados. Sentí dolor y tenía los ojos bien abiertos, aún más por el asombro.

Apuro el paso. En otro sector había mucha gente y vehículos. Qué raro que hagan sepelios de noche, pensé. Era de los cuatro estudiantes secundarios que habían salido de campamento y los encontraron muertos. Se habían excedido con las drogas. El dueño de la empresa fúnebre, con su traje de gran corte y anillos de oro y diamantes en cada dedo, se encargaba de sacar de la extraordinaria y brillante carroza de pompas, gran cantidad de porros y sobrecitos blancos que distribuía entre los dolidos familiares, incluidos los niños. Cosas de la vida.

No tan lejos, varios sujetos que tomaban todo tipo de alcohol y se drogaban sorprendieron a una parejita de novios que habían tratado de esconder sus arrumacos y amoríos en el lugar, y los violaban a ambos. No les interesaban las mujeres apostadas en la zona, todas controladas por sujetos que las habían secuestrado en diferentes lugares y a distintas edades para someterlas a la esclavitud del negocio sexual.

IV

A esa altura estaba convencido de estar despierto, porque lo que veía me resultaba normal.

Llegué a un mausoleo familiar. Un matrimonio discutía por la separación de bienes. Comenzaron a insultarse hasta llegar a la agresión. Un hijo quiso separarlos y todos los golpes cayeron en su cabecita, hasta que se desplomó en el suelo. Culpándose de lo que ocurría, tomaron al pequeño de cada pierna y tironearon hasta cortarlo en dos partes, llevándose cada uno la suya junto con pedazos iguales de un ataúd. Justo arreglo.

Cuando salían tuvieron que esquivar los disparos que se hacían dos grupos antagónicos. Al parecer, una familia se dedicó a cuidar un gran sector por muchos años, transmitiéndose la costumbre de generación en generación. Hasta que llegó gente nueva que pretendía correrlos porque quería transformar el lugar en un hermoso y lucrativo cementerio parque. En fin; los tiempos y las costumbres cambian.

Mientras tanto, uno de los encargados del lugar contaba dinero por la venta de armas a ambos grupos en pelea; y otro le extraía los órganos a los que caían abatidos para luego negociarlos.

V

De pronto comencé a contar una multitud de ovejas. Estoy despierto y no me interesa dormir, pensé. Muchas surgían como expulsadas y en estampida de distintos jardines.

En el más cercano, un pastor cubierto de impactantes túnicas de seda y algodón y envuelto en joyas de oro y piedras preciosas prendía cegadoras luces en un inmenso mausoleo, e invitaba a visitar el lugar por un módico precio o una suma voluntaria.

Se comprometía a mostrar la blancura y suavidad de la lana de la oveja, la inocencia del cordero y la satánica crueldad del carnero. Pero se olvidaba (y no le interesaba) de cuidar el rebaño y conseguir el alimento justo y necesario. No lograba contenerlas y todas las ovejas escapaban y deambulaban sin orientación ni fe entre las tumbas, comiendo carroña y podredumbre.

Hienas y chacales. Pero no estoy en un zoológico sino en un cementerio, me cuestionaba. Lo que ocurría es que las bestias querían atraer a todos al sector donde estaban, para luego depredar tanto los cadáveres como a los deudos.

Lo notable es que muchos caían en el poder de esas garras y fauces.

VI

Todo pasaba ante mis ojos como una película.

Caminaba frente a la oficina central del cementerio. ¿Tres administradores? Teóricamente era lo más conveniente para un eficaz manejo de los asuntos de la necrópolis.

Pero en la práctica distribuían corrupción interna, cada uno con ropajes destacados y portando elementos simbólicos.

Todos sabían lo que ellos hacían y lo que en realidad deberían hacer. Casi todos buscaban acercarse, pero pocos intentaban cambiar algo por temor a las hienas y chacales, bestias enseñoreadas en el lugar. Los arriesgados resultaban despedazados.

VII

Uno de ellos estaba rodeado de bandas en su pecho y con bastones. Eran quizás para sentirse más seguro de no tropezar y caer al barro de donde venía, el mismo por el que todos caminaban, pisoteaban y se ensuciaban. Pero era el que mayores manchas tenía en sus vestimentas y calzados, las que simplemente daba vuelta periódicamente para que no se notaran, hasta cambiárselas al día siguiente.

En un gran libro hacía anotar todos los tributos por los distintos servicios del cementerio: ingreso y egreso de ataúdes; de carrozas, palmas y ofrendas florales; venta, alquiler y cargos por tumbas, sótanos, nichos, mausoleos, sepulturas bajo tierra, sobre tierra, suspendidas en el aire y hasta en la “in sphaera” terráquea o in-fierno; transportes y marchas a pie, en vehículos, con acompañamientos; con o sin bandas musicales para los temas fúnebres; con o sin visitas a los mausoleos de los pastores; de los vendedores, compradores y consumidores de productos y de cada uno o en grupos por pisar y respirar en el cementerio.

Los tributos también eran diferenciados: les cobraba en forma creciente a los dueños de pompas que hacían servicios fúnebres especiales; a los de guantes blancos por llevarse las cruces, floreros y otros objetos; a los que negociaban dentro de la necrópolis con sexo, armas, drogas, juegos y otros simples entretenimientos; a los que utilizaban la tierra del cementerio para producciones por su gran valor químico y orgánico; a los que utilizaban cadáveres para venta de órganos; e inclusive a los que compraban terrenos, derechos y servicios para enterrar, depositar, esparcir en agua o aire los desechos minerales, químicos u orgánicos contaminantes, total a los muertos y cuerpos putrefactos no les afectaba.

VIII

En otro libro anotaba que del total de lo recaudado más los distintos aportes extras que recibía, destinaba entre el 10 y 15 por ciento para todas las necesidades inmediatas y visibles de la necrópolis.

Del resto y hasta un 70 por ciento era para mantenimiento de las hienas y chacales; de colaboradores especiales, intermedios y comunes, de familiares, amigos y amigos de los amigos que lo visitaban; para informes que distribuía en distintos lugares; para gastos de consumo, traslados, fiestas, agasajos, honras fúnebres, servicios internos o externos de la necrópolis.

El saldo lo destinaba para cavar y construir su propia tumba. Tenía la idea de levantar un mausoleo faraónico para él, familiares y descendientes, amigos, amigos de los amigos, cómplices de gestión y otros, con placas y menciones honoríficas.

De las obras de los administradores anteriores quedaban pocos restos de polvo y arenilla que no se llevó el viento y el agua, y una que otra placa o mención totalmente derretidas por la luz del sol.

De pronto el administrador se levantó, fue hasta un armario, recogió gran cantidad de papeles y marchó al baño. Al parecer estuvo alimentándose en forma imprudente y golosa con comida chatarra o carroña que le proveían las hienas y chacales, lo que le producía reiteradas y permanentes necesidades fisiológicas...

IX

El segundo administrador se hizo cargo. Casi siempre se quedaba en su escritorio escribiendo y anotando distintas cosas sobre papel extra blanco, de gran calidad y valor.

Tenía uno de los ojos grande, brillante y luminoso, con el que parecía ver en forma amplia y profunda lo que lo rodeaba, y analizar de modo inteligente las conductas, actitudes y comportamientos de todos en la necrópolis, para luego volcarlas en el papel.

El otro ojo estaba apenas entreabierto, porque lo tenía cubierto de llagas sangrantes y pus maloliente. Le sobrevolaban moscas que le dejaban sus larvas de gusanos, y todo tipo de insectos y parásitos.

Al acercarme pude notar que su gran ojo brillante era en realidad un bolillón de vidrio.

Levantó los blancos papeles sobre los que había estado escribiendo y los acomodó, con sumo cuidado y ordenados, en el armario de donde los sacaba luego el primer administrador para ir al baño...

X

Siempre pensé que el tercer administrador debía ser el primero y único en la necrópolis, donde se supone que se rinden las cuentas finales.

Es que con su precisa balanza debía pesar, contrapesar y balancear todas las cargas de las almas que allí llegan, para establecer el delicado equilibrio de la Dualidad Divina. Esas cargas originales y humanas de pecadores y no pecadores, con las que luego se hace un justo y equitativo balance del Bien y del Mal.

Pero resulta que me confundía de personaje. Este era simplemente un administrador más del cementerio de la “in sphaera” terráquea o in-fierno, acompañado por una secretaria que le llevaba una balanza, una espada y un pañuelo que en principio le cubría los ojos, y se le deslizó hasta el cuello apretándole hasta casi asfixiarla.

Como el administrador estaba rodeado de unas aves negras (que reemplazaban a las hienas y chacales) y no hacía nada por socorrer a su secretaria, lo acusaron por omisión; y cuando quiso desatar el nudo apretó aún más hasta causarle la muerte, y lo acusaron por acción.

Pero todo quedó en la nada cuando consiguió después otra secretaria, y así sucesivamente...

XI

Sigo caminando y en una punta de la necrópolis había un mausoleo enorme, impresionante, que atrapaba con sus luces y brillos espectaculares.

En la puerta un personaje que parecía un emperador, con una orgullosa águila en un hombro que hacía sombras por todas partes con sus enormes y lustrosas alas. Alrededor, la atenta mirada de cientos de hienas y chacales.

En una pantalla gigante el personaje observaba una película del nacimiento, crecimiento, desarrollo y caída del imperio romano; del dominio de tribus; de guerras, matanzas y aplastamiento de pueblos bárbaros; de locuras de gobernantes y órdenes delirantes; de corrupción y actos degradantes; de la invasión pacífica de sus tierras por los bárbaros y la autodestrucción del símbolo imperial.

Atrapado por el filme, el mismo personaje golpeaba y hería a la magnífica ave en su hombro, hasta que ésta caía y era devorada por las bestias.

Sin que se diera cuenta, insignificantes hormigas socavaban los cimientos del mausoleo, y se llevaban la arenilla a otros sectores para cubrir manchas de sangre y los grandes huecos que quedaban en la tierra, después que se extraía una sustancia negra y oleosa de cadáveres antíguos. La misma sustancia alimentaba y chorreaba de las fauces de las hienas y chacales, mezclada con la sangre de sus víctimas...

XII

Hacia atrás, otro mausoleo gigante. Pero estaba derruido, descuidado, en penumbras. Realmente tétrico.

El dueño fue también un personaje demasiado orgulloso y de carácter fuerte, quien tenía un oso enorme al que logró dar muerte antes de caer sin vida bajo sus garras y gran peso.

El animal seguía aportando piel para abrigo, y carne para sustento de muchos.

XIII

Quedaba aún para seguir mirando.

Frente a diversos mausoleos y nichos, personas llorando; otras discutiendo y peleando; algunas que mataban y otras se suicidaban; familias enteras que se separaban; socios y amigos que se destrozaban con lo que encontraban a mano.

Entre ellos, personajes con órdenes de desalojo hasta de sepulturas bajo tierra, desapoderamientos de nichos y tumbas, secuestros y hasta violencia por deudas y compromisos funerarios.

Esos mandantes entraban y salían de otros mausoleos modernos con portafolios y valijas cargados de valores y documentos que entregaban o quitaban, amenazando o sobornando.

Al parecer, los magnos personajes que no se veían (porque estaban cubiertos y protegidos por hienas y chacales, aunque colocaban ovejas por delante) comandaban en realidad toda la actividad de la necrópolis; ordenaban para hacer y deshacer lo que les interesaba; disponían por sobre los personajes del águila, del oso, administradores y tantos otros.

A través de sus mandantes distribuidos dentro y fuera de la necrópolis y cubriendo todas las actividades, resultaron ser dueños de vidas y muertes, individuales o colectivas...

XIV

De pronto sentí un profundo escalofrío. No era miedo; era terror. No por los muertos; sí por los vivos de la ciudad de los muertos.

XV

Llegué a un sector donde estaban los que habiendo fallecido, trascendieron a la vida. Pude ver a algunos que sin conocerlos, los reconocía. Aunque muertos, todos vivían.

Uno de ellos, Sócrates, estaba rodeado de jóvenes alumnos a quienes enseñaba a discernir entre valores; y que a veces debe elegirse la muerte a perder los principios y el sentido de pertenencia. El ya pertenecía a la polis de los vivos.

Filósofos, médicos, científicos, investigadores, estudiosos, escritores y tantos otros que dejaron verdaderos testamentos, con herencias y legados millonarios para los que continúan viviendo.

San Martín, con la mirada a la distancia y sin comprender que pese a la tenaz y aguerrida lucha para mantener los principios, otros pueden derrumbarlos por egoísmo, soberbia y ambición. Tampoco entendía a sus descendientes, que cambiaron las nobles armas por otras extrañas, envilecidas y chorreando sangre de sus propios hermanos.

También el Che, quien recorrió distintos lugares con el ideal de poder ayudar, brindándose solidariamente. Pero se dejó engañar por los dos más grandes mafiosos y estafadores, que simulaban pelearse entre sí rodeados de hienas y chacales, y le vendieron falsos derechos de patente de inventos que nunca funcionaron, excepto para los espurios negociados de ellos mismos. Tuvo que pagar esas ambivalentes y falsas patentes con su propia vida, cuando el invento humanitario ya correspondía a otros gigantes de la historia antigua.

Y alguien que no imaginaba ver, Evita, repudiada y cuestionada, pero rodeada por una multitud que la lloraba con sentimiento por el sólo mérito de haber mirado en sus humildes corazones.

En fin, casos y cosas que resultan incomprensibles...

XVI

Me sentía cansado y con ganas de llegar a casa para acostarme.

Paso frente a una cruz del cementerio. De todo lo que había visto era lo más irreal. No me explicaba el sentido.

Allí colgaba una figura. Del pecho, la cabeza, las manos y los pies corría un líquido espeso que parecía pintura roja. De los ojos salía un goteo permanente de agua que caía al suelo.

Entonces me di cuenta de todo. El objetivo. El sentido. Esa especie de lagrimeo mezclado con la pintura era para regar y dar vida y color a las rosas más rojas, más hermosas, más perfectas, más suaves, más delicadas que había visto en mi vida.

Aspiré por el asombro y quedé mareado por el perfume que llegó a mis pulmones. Era la fragancia más pura, fresca y embriagante que había sentido nunca.

Me sentía totalmente extasiado. Ese perfume maravilloso limpiaba y purificaba el aire de los olores putrefactos del cementerio...

XVII

De pronto me sentía descansado, liviano, tranquilo, con esperanzas de que iban a mejorar todas mis cosas.

Con fuerzas para enfrentar cualquier adversidad.

Con la idea de que a partir de mañana rechazaría lo negativo y las malas ondas para encarar las actividades con optimismo y buena voluntad.

XVIII

Estaba al final del cementerio cuando sentí de pronto que me hablaban y tocaban el hombro.

Era el chofer del colectivo que me llamó para avisarme que se había roto no sé qué cosa y que ya no andaba más el motor y que tenía que bajarme para esperar la otra unidad y que se la pasaban renegando porque los pasajeros los culpaban a ellos hasta de la falta de cambio y porque tenían que soportar los cráteres del pavimento y todos los problemas de salud por la miseria que les pagan y porque...

XIX

Después que bajo del colectivo descubro que estaba frente a los Tribunales de Justicia. Bueno, me digo. Camino rápido las pocas cuadras que faltan para mi casa y ya está...