lunes, 4 de enero de 2010

ENFERMO SEXUAL (3)



LA HIGUERA Y EL APOCALYPSIS


(3ª entrega)

XXXV

Más que sorpresa, fue un duro golpe a mi orgullo. Sentí primero que se me abrían profundas heridas, que luego cauterizaban y se transformaban en duros callos. Siguió ella hablando pero yo no estaba ya presente. Y tampoco en otro lado. Era el vacío total.

Después que se fue Rocío al trabajo llamé a un cordobés con el que conversé en una oportunidad, y se desempeñaba como encargado temporal en un hotel de alquiler mensual de South Beach. Me instaló en una habitación que tenía todas las comodidades con otro argentino, un bonaerense de mi edad que conocí dos días después.

También al segundo día y en su horario de trabajo, con cierta resistencia fui al restaurante a devolverle las llaves del departamento a Rocío, esperando encontrar un bloque de hielo. Se acercó con una gran sonrisa y un brillo especial en su mirada. Me puso ambas manos en el pecho y me dio un suave y delicado beso en la boca. Luego introdujo sus dedos entre mis cabellos, me miró con un dejo de tristeza y me dio otro beso de despedida que me pareció el aleteo de una mariposa, para alejarse y seguir con su tarea.

Quedé desarmado, derretido, con el corazón estrujado. No concebía que una persona tan femenina y amorosa me dejara por amor a otra mujer. Que alguien que demostró tanta sensibilidad y sensualidad, fallara con su sexualidad…



XXXVI

Otra dura etapa de mi vida. Es lo que yo suponía, sin saber lo que me deparaba el futuro. Pero lo de Rocío significó un trauma para mí.

Enfermé sexualmente. Necesitaba tener relaciones todos los días: dos, tres o más veces, mientras las oportunidades se multiplicaban. No conseguía satisfacción, y al tiempo que disminuían mis orgasmos, aumentaba mi resistencia, que más bien era deseo de aparentar potencia masculina o falso “machismo” sexual. Las propias compañeras de trabajo que conocían la relación con Rocío y el desenlace comenzaron a buscarme, al igual que algunas de sus amigas. No faltó una que fue a comentarle que de pareja suya pasé a ser el amante de todas, lo que generó un incidente que casi le cuesta el trabajo a Rocío.

Por supuesto, a las compañías ocasionales les gustaba porque me parecía más a una máquina del placer que suplía fallas de maridos, novios, amantes u otros. Las reiteradas relaciones se asemejaban más a actos o prácticas de gimnasia. Aunque nunca pagué un centavo ni recibí dinero por sexo, en algunos momentos me parecía que era un ejercicio de prostitución.

Por suerte pude reaccionar a tiempo y renuncié a un trabajo que no necesitaba y ya se había transformado en un tornado, teniéndome a mí como centro de la tormenta…



XXXVII

Sin darme cuenta pasó el tiempo. En el hotel estuve dos semanas con un compañero que casi no veía, porque marchaba a su “trabajo” y desaparecía por varios días. Me enteré que ya era residente ilegal y se sometía a experimentos medicinales por buenas sumas en dólares, que enviaba a una localidad de Buenos Aires para sostén de su compañera y un pequeño hijo. En los diarios y revistas leía avisos pidiendo “voluntarios”. En una oportunidad mandé mis datos para averiguar algo sobre el tema, pero nunca me contestaron.

También compartí reuniones con otros argentinos, mujeres y varones que formaban parte de una lucrativa empresa de compañías personales. Tenían hasta limusinas con choferes para el traslado de ellos y de sus clientes. Todos eran trabajadores necesitados en un país extraño, en el que sufrían el terrible desarraigo de sus casas, sus familias, costumbres y valores.

Profesionales y técnicos, abogados, contadores, arquitectos y otros que se dedicaron por años a sus estudios en el país, hacían de amas de casa y atendían a los hijos mientras las esposas, sin títulos y preferidas por los empleadores, se desempeñaban en supermercados, tiendas, restaurantes y hoteles, entre otros negocios.



XXXVIII

La joven esposa de un importante directivo de una empresa multinacional que viajaba permanentemente, y con la que había iniciado frecuentes relaciones, decidió beneficiarme con una parte de su asignación para gastos. Sin llegar a pedírselo ni mencionar siquiera la necesidad, puso a mi disposición, o más bien a nuestra disposición, un pequeño pero coqueto departamento en la españolísima zona de Coral Gables, adonde me trasladé desde el hotel. Le dije que lo pagaríamos a medias, “a la americana”.

Los residentes son mayoritariamente españoles de buena posición económica. Cuando caminaba frente a los restaurantes sentía el especial y atrapante aroma del azafrán que utilizan tanto en las paellas, arroces y cazuelas, entre otras comidas típicas que me traían gratos recuerdos. Como el de un tío de España que nos visitó en Buenos Aires y llevó una bolsa llena de azafrán en hebras. ¡Una bolsa llena, una fortuna, con pequeñas hebras como de oro pero de verdadera exquisitez! Nunca pude olvidar el delicioso sabor y aroma que tuvieron esas comidas durante las reuniones familiares.

Me sentía más a gusto en el lugar porque además, la arquitectura de los edificios y las construcciones tenía algunas diferencias. No eran tan “cajas de zapatos” como había definido a las construcciones norteamericanas, que en su mayoría tienen esa apariencia por afuera aunque resultan muy confortables y prácticas en su interior. Para mi gusto, no hay ciudad con rasgos más diversos y hermosos que “mi Buenos Aires querido”, como cantaba Carlos Gardel, porque resume los distintos estilos arquitectónicos de las principales capitales de Europa. Si de mí dependiera trasladaría a cualquier otra parte a los gobernantes y políticos y la declararía Patrimonio Cultural Nacional, y Capital Internacional del Turismo.



XXXIX

Como mi nueva amiga no quería que siguiera a pie, en el taller de reparación de su automóvil consiguió un modelo deportivo en excelente estado, que nadie aceptaba porque era con palanca de cambios y no automático. Parecía una joyita: color rojo, dos puertas, descapotable, líneas aerodinámicas y algunos detalles que llamaban de inmediato la atención. A diferencia de cuando alquilé por primera vez un auto, ahora me sentía dueño y señor de las avenidas y autopistas. Aunque el costo era muy accesible y en cómodas cuotas, también pagamos a medias el anticipo y ella se encargaría de la reventa cuando yo emprendiera la partida. Los seguros sí son costosos.

Algunas veces, mientras disfrutaba de los paseos, sentía una extraña sensación por la facilidad con que conseguía beneficios, sin necesitarlos, mientras otros luchaban y sufrían por pequeñas cosas y hasta por la misma subsistencia.

Recordé la gran diferencia de mi situación al llegar dos meses atrás, en completa soledad y autosatisfaciendo mis necesidades sexuales. Y como en un túnel seguí retrocediendo en el tiempo hasta mi primera experiencia, a los 14 años, con una vecina de la misma edad. Yo la había encarado porque otra amiga en común que hacía de Celestina o intermediaria me comentó que tenía un muñequito al que llamaba Juan, con el que dormía abrazada.

Ambos perdimos la castidad o “virginidad”, pero yo la pasé peor porque se me cortó y lastimó una especie de frenillo del glande, causándome una gran inflamación. Con mucha vergüenza consulté con mi padre, quien me acompañó al médico. Este me recetó antiinflamatorio y un antibiótico por si sentía fiebre; y por razones de higiene y conveniencia, recomendó que luego me hicieran la circuncisión.

Quedé con la cabecita pelada, pero me resultaba simpática. Incluso tuve varias anécdotas con mi nuevo “amigo” pelado. Al año siguiente tenía que participar en una competencia de natación y debía pasar por la revisación obligatoria. Me hicieron desnudar por completo frente al médico, quien controló dedos de pies, manos y axilas. Luego me dijo que levante la cabeza, y yo flexioné el cuello hacia atrás.

-¡No, levantá la cabeza de tu amigo de abajo! aclaró.

En el último curso del secundario un compañero sacaba a su “amigo” durante las clases de matemáticas, física o química, mientras los profesores escribían en la pizarra, y le dibujaba encima caras y figuras grotescas. Pronto se trasformó en una competencia de “artistas plásticos peneanos”, hasta que una profesora descubrió a uno y pasamos a ser “dibujantes encubiertos”, para no resultar “castrados”. Xavier, el iniciador del singular movimiento artístico, continuó con su vocación y realizó extraordinarias obras plásticas y tatuajes fantásticos; por supuesto, con otras temáticas. Formaba parte de mi querido grupo de amigos.

También cuando cursaba las primeras materias en la Facultad de Derecho conocí a un estudiante crónico que repetía año tras año. Me acordé de mi amigo pelado y se me ocurrió un apodo para ese alumno: “cabeza de p…. (pene)”. “¿Por qué?” era la pregunta habitual. “Porque no tiene cerebro”. Me querían matar a golpes, pero todos festejaban la ocurrencia…

2 comentarios:

RMC dijo...

Interesante texto, gracias por compartirlo.

Que tengas una feliz semana
un abrazo
RMC

viagra online dijo...

Esta historia es demasiado interesante e inusual. Me parece increible que hayas tenido que pasar por esto.